Joaquín Murrieta — hay leyendas incontables sobre él, y sus historias de vida son tan contradictorias que a menudo se ha afirmado que hubo hasta cinco forajidos con ese nombre. Cualquiera que sea la verdad detrás de la leyenda, una anécdota curiosa ha escapado de los libros de historia. William Henderson, el hombre que disparó el tiro que mató a Joaquín Murrieta, y Alapoleno, el cocinero del bandido/héroe, llegaron al condado de Madera y vivieron el resto de sus vidas allí.
Fue allá por 1853, cuando los periódicos empezaron a culpar de asesinato tras asesinato a Joaquín o a su pandilla. Como exclamó el Stockton Republican: “Ningún hombre se atreve a viajar un paso a menos que esté armado hasta los dientes, o a dormir sin tener un arma de fuego ya en la mano”. El reportero especuló que Joaquín podría estar usando un chaleco a prueba de balas, tan invulnerable parecía al plomo caliente disparado contra su pecho.
El federal Harry Love fue puesto al mando de los California Rangers con la misión de capturar al notorio bandido, vivo o muerto. Se le dieron tres meses para cumplir con el trabajo, lo cual afirmó haber logrado al alcanzar a una banda de mexicanos en el Cañón de Cantua, en la Sierra de la Costa, y matando o capturando a la mayoría de ellos.